DÍA 2 · AUTOBIOGRAFÍA
- 18 nov 2023
- 3 min de lectura
Consigna:
Escribí un fragmento de tu autobiografía y mentí en algunas cosas (pero no aclares en cuales)
A los siete años ya entendía que existía “el otro lado del espejo” y también entendía que no se lo podía contar a nadie, porque nadie le iba a creer. También sabía que la imagen de Jesús que estaba pegada en un poster en la pared de su cuarto la seguía con la mirada cada vez que ella se movía, pero eso tampoco lo podía contar. No podía contarlo sobre todo porque tenía dudas de si Jesús, Cristo y Dios eran la misma persona y si contaba esa revelación, también iba a tener que revelar su ignorancia y no quería. Sabía que había algo más y a veces jugaba a que se metía en ese espejo para vivir esa otra vida.
Vivía en un barrio donde las casas eran iguales. Habían sido construidas por un plan hipotecario, entonces era un barrio de “casitas iguales”, como le decía ella. Pero realmente eran iguales, solo por el detalle de que estaban espejadas (casualmente). Eran (y siguen siendo) de dos pisos y la escalera, en la casa de al lado, miraba para el lado contrario.
Siempre se escuchó todo; el subir enojado del Ezequiel, el vecino de la izquierda y los gritos de Arjona o Ricky Martin los sábados por la mañana mientras Marcela, la vecina de la derecha, limpiaba una casa, que, en ese momento, siempre estaba limpia y con olor a café en grano. Marcela tenía cafetera eléctrica, un lujo para aquel momento.
Ella nunca supo el olor que había en su casa, solo temía que no fuera olor feo, o que a veces el clima tenso que se vivía ahí tuviera un olor característico que todos pudieran sentir.
Sabía que detrás del espejo había algo, muy parecido a lo que había de este lado, pero diferente, por algo estaba ahí y no acá.
Liliana se llamaba su personaje de juego, el que atendía el teléfono rojo y con cable largo de la oficina imaginaria y sellaba los papeles ya escritos con alguna publicidad de Telefónica o Tele Red. Otros días el juego era el Ludomatic, de una sola participante, pero igualmente divertido. O las plantas; los malvones del patio. El tarro de aceite de 5 litros cortado a la mitad que hacía de recolector de tierra entre una maceta y otra.
Le gustaba jugar con ella misma y no porque no tuviera con quién, sino porque su hermana mayor a veces prefería jugar a otras cosas y no coincidían en las ganas. Dos años de diferencia no eran nada y a veces eran mucho. Igualmente, ella se divertía.
Había un juego en particular que le gustaba mucho y era el de desafiar al poster de Jesús/Dios/Cristo. Cuando su mamá la llamaba a comer al grito de; “A comeeeeeer” - la consigna era: - ordena la pieza y baja rápido que está servido y se enfría! – Y ahí empezaba el juego: - Si realmente existís, cuando yo apague la luz, cierre los ojos y cuente hasta tres, los voy a abrir y la pieza va a estar ordenada – decía en voz alta mirando el poster como dándole una oportunidad de manifestarse.
Adivinen lo que pasaba.
Bajaba tarde a comer por quedarse ordenando, pero sabía que del otro lado del espejo la magia sucedía. Pero claro, no se lo podía contar a nadie.
Hasta hoy.
Fecha: 14/11/23
Hora de comienzo: 21.49hs
Tiempo de escritura: 45 min
Palabras: 544 palabras




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